altHoy, partido de hockey contra Tres Cantos. Me levanto con cierta pesadez. Un vecino se ha ido de fin de semana y se ha olvidado apagar el despertador. Suena, más bien resuena, en todo su esplendor a las 6 de la mañana. Nadie en casa salvo yo parece oírlo. Coco, mi hijo, que también va a jugar el partido, se levanta con la frescura del rocío.

Me visto con cierta parsimonia. Mientras, repaso la información que me ha llegado durante la semana sobre el equipo al que nos enfrentaremos. Es un equipo femenino que tiene una sólida fama de jugar sucio. Me preocupa, me inquieta eso. Detesto el juego sucio. Pero otro pensamiento conforta esa desazón. Juan Combarro, al que todo el mundo del hockey conoce por Buli, y entrenador de la selección nacional femenina, es también el entrenador de este equipo. Además, fue mi profesor durante el curso de entrenadores autonómicos que tuvo lugar en febrero de este año. Recuerdo perfectamente su postura de rechazo ante el juego sucio. Y no solo ante el juego sucio. Habló con elocuencia y rotundidad contra el juego sucio, contra la falta de respeto a los árbitros por parte de jugadores y entrenadores, su insistencia en jugar callados y concentrados. Recuerdo sus palabras, ampliamente reflejadas en el material escrito del curso, sobre el afán de ganar y lo pernicioso que es cuando se impone ese afán al juego mismo. Termino de vestirme con la confianza de que Buli habrá sabido imbuir sus ideas a ese equipo, en coherencia con sus enseñanzas.

Al llegar encuentro a Buli vestido de jugador y ejercitándose con la pastilla. Me extraña. Bueno-me digo- hay entrenadores a los que les gusta estar vestidos como los jugadores.

Empieza el partido. Primera sorpresa: ¡Buli es un jugador más! Se ha calzado los patines y es parte de la segunda línea de su equipo. ¿Realmente es necesario que el entrenador de la selección nacional feminina juegue en la liga sénior B de Madrid? ¿Cuál es la finalidad de semejante decisión? ¿Ganar a toda costa? ¿Darse un paseo ante los otros equipos? ¿Actuar en caso de "emergencia"?

 

Continúa el partido. En el primer tiempo mi equipo, el SPV patinaje, se defiende y solo se produce un único gol a finales del primer tiempo. Aunque brillaba el sol, pronto el cielo se aturbonó de nuestros peores presagios. El equipo de Tres Cantos, al ver que pasaba el tiempo y no marcaban, comezaron a practicar juego sucio, a lo zaíno, con sordina, pero de modo innegable. Primero los codazos, ubicuos, bien sentidos (¡y cómo!), dados con disimulo al ganar una posición o con preferencia en las esquinas, al abrigo de la mirada indiscreta del árbitro. En un lance del partido recibí un codazo ¡en los testículos! Llevaba la protección, pero tuve la mala suerte de que la protección me pilló el escroto. Aúllo de dolor. Ya no soy el mismo el resto del partido. Las cosas que tiene el juego sucio.

Continúan las maniobras de juego sucio: numerosos palazos en los guantes, empujoncitos aquí y allá, sutiles, pero constantes. ¿Te vas de una jugadora con un regate? Regalo: palazo en la espinilla.

El amable lector se preguntará si había árbitro. Sí, lo había, pero no supo cortar esa violencia. Claramente, no tenía experiencia, y posiblemente tampoco el valor moral, de parar tanto juego sucio. Arbitró sin personalidad y sin convicción. Realmente, la Federación de Patinaje de Madrid tiene un problema. Existe la violencia en el juego, pero hay tan pocos árbitros y tan poco preparados, que los equipos que quieran jugar sucio lo pueden hacer. A veces me pregunto si realmente se quiere atajar el problema de la violencia en el hockey.

Ya que tocamos el tema del árbitro, tuvo lugar una irónica anécdota con Buli. Me vienen a las mientes la insistencia, casi cantaleta, durante el curso de entrenadores, en jugar en silencio, en no discutir las decisiones arbitrales y, menos aún, dar lecciones de reglamento al árbitro durante el partido. En una jugada Buli se cae y empuja la pastilla con los pies dentro de la portería nuestra. El árbitro anula el gol. Buli se levanta como un muelle.

-¡Árbitro! ¡Ha sido gol! ¡La he empujado con los pies sin premeditación! -Buli protesta airadamente.

-Está anulado -afirma inexpresivamente el árbitro.

-Está en el reglamento, árbitro -el árbitro se va hacia la mesa.- ¿Árbitro? ¡Árbitro!

Rezongando y echando chiribitas se va hacia el banquillo.

Quedo perplejo. ¿Dónde está el respeto al árbitro? ¿Qué era, pues, la retórica dada en el curso de entrenadores? ¿Farsa y trampantojos? ¿Y con qué autoridad moral queda Buli? ¿Con la del camaleón, con la del desfachatado, con la del cuentista? En suma, con ninguna.

Para más inri tuvimos que oír las quejas de las jugadoras del otro equipo al árbitro. Según ellas, ¡estábamos jugando sucio! Sin duda, esto formaba parte de su estrategia-farsa.

Acabó el partido con una victoria de Tres Cantos más que merecida. No por el juego sucio, obviamente, sino porque tienen más patinaje, tiro más preciso y rápido, una buena colocación, buena compenetración, etc. ¿Era necesaria esa violencia soterrada pero tangible con que jugaron? No, desde luego. Entonces, ¿por qué?

Al terminar me acerque a Buli

-Buli, he observado una flagrante contradicción entre el contenido del curso que nos diste y tu papel como entrenador. Tus jugadoras son muy sucias.

-¿Sucias? -se asombra-. Tú tienes un trastorno de realidad. Hemos jugado muy limpio (sic) y no hemos pegado a nadie.

¿Trastorno de realidad? ¿Es esto un diagnóstico formal? Me vuelvo a mis compañeros, tirados por el suelo, magullados.

-¡Equipo! -levantan la cabeza-. Que levante la mano quien crea honestamente que Tres Cantos ha jugado sucio.

Una nube de manos se alza.

-Si es así, no entendéis qué es esto del hockey -nos mira con una veta de desprecio, con una pavesa de arrogancia.

-El hockey no es venir a que me peguen... -mis palabras se pierden, Buli me ha dado ya la espalda.

Más tarde se me acerca el padre de una de las jugadoras más sucias, que ha estado todo el partido bronqueando a nuestro equipo.

-Os habéis cascado mutuamente, no te quejes.

-Nosotros solo hemos aguantado el chaparrón. Además, yo no vengo a jugar para que me peguen ni aún menos para pegar.

-Entonces no sabes qué es el hockey línea.

¡Qué perla! Me solivianto.

-He vivido en Canadá y he jugado en una liga de hockey línea. Hoy he recibido más golpes que todo el tiempo que estuve allí. Dejemos los golpes y juguemos de una vez al hockey.

El padre se queda lívido y sin mediar palabra me da la espalda (hoy es el día de las espaldas).

Minutos más tarde llega nuestro entrenador habitual. Hoy tenía otro partido a la misma hora y no pudo estar con nosotros.

-¿Qué os pasa? -nos ve alicaídos-. ¿Habéis perdido?

-Nos han zurrado -le resume alguien.

-Pues si os zurran, zurrad más vosotros -exclama, jacarandoso, campante.

Si lo dice en serio, es triste. Si lo dice en broma, es pesada. Hay que tomar una determinación contra el juego sucio y los comportamientos inapropiados dentro y fuera de la pista.

Mi hijo y yo volvemos en silencio, contusionados, deseando comer y echarnos una siesta.

Nos han robado lo que podía haber sido un bello y elegante partido de hockey.
 

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