Examinamos ahora el libro de Guy Roy Violence au hockey [Roy77] . Este libro está estructurado en tres partes. La primera es una crónica exhaustiva de la violencia en el hockey durante la década de los 70. En ella pormenoriza los incidentes violentos de entonces, recuerda a las víctimas, algunas de las cuales quedaron paralíticas y otras sencillamente murieron, y sigue el rastro a los agresores, varios de los cuales quedaron absueltos y solo unos pocos fueron a la cárcel o pagaron multas. Esta crónica está plagada de fotos de las peleas, de testimonios de las víctimas y de los agresores y de citas de los medios de comunicación. Es bastante impresionante leer los testimonios de las víctimas, que en muchos casos no eran mejores que sus agresores, solo más débiles. En la segunda parte, nos encontramos con un análisis psicológico de la violencia en el hockey. Como consecuencia de ese análisis Roy identifica a los causantes de la violencia. Los enumera así: jugadores, el reglamento, los entrenadores, los padres, las organizaciones (clubes y federación), los árbitros, el público y la publicidad. La tercera parte del libro da unas recomendaciones para eliminar la violencia del hockey. Sus recomendaciones van dirigidas a cambiar la mentalidad de entrenadores, padres y jugadores, esto es, inciden en la reeducación.
El libro comienza con una descripción del caso de Benoît Plouffe, jugador de los Dynamos de Shawinigan, cuya prometedora carrera fue segada de raíz el 19 de octubre de 1975. Peter Mash, jugador de los Castores de Sherbrooke, le asestó un golpe por la espalda con el palo que le rompió las vértebras cervicales cinco y seis. Como consecuencia de ello, Plouffe quedó paralítico durante varios meses, y sólo tras una larga, lenta y dolorosa rehabilitación a duras penas empezó a andar con muletas. Éste es uno de los testimonios más dramáticos del libro, aún más si tenemos en cuenta que Plouffe no era un jugador violento en absoluto (sólo se peleó una vez en toda su carrera). El caso Plouffe constituyó una conmoción en el mundo del hockey (y en la prensa deportiva), pero no sirvió para eliminar la violencia del hockey ni tampoco para aumentar la sensibilidad hacia este problema. Se mejoraron los equipos y protecciones de los jugadores (se podía ser agresivo, pero ahora el riesgo de lesión grave era menor), se prohibieron los golpes con el palo, se hicieron promesas de una aplicación más rigurosa del reglamento, pero las brutales cargas contra las vallas continuaban así como el juego sucio con el palo, los tajos salvajes, la intimidación física en general. Y sobre todo, esa aceptación de la violencia continuó calando desde la NHL hasta las ligas infantiles, alimentando el monstruo de ese ejemplo nefasto.
Una voz, la de Jacques Laperrière, jugador de los Canadiens de Montréal y luego entrenador de los Junios de Montréal, se alzó contra el clima de violencia reinante con un gesto elocuente: su propia dimisión. En unas declaraciones que sentaron realmente mal a la NHL señala que (página 27):
"Hay que hacer toda una labor de educación con el público. Suprimamos las peleas y la asistencia del público, al principio, bajará. Pero demos un buen hockey al público, ¡y la asistencia se doblará!"
De hecho, Laperrière ya había tenido otro gesto contra la violencia. Durante un partido contra los Draveurs de Trois-Rivières retiró a su equipo como protesta contra la violencia del otro equipo y la falta de rigor de los árbitros. Irónicamente, esta retirada costó una multa al equipo de Laperrière. En todo caso, este ejemplo demuestra que se puede protestar contra la violencia retirándose de un partido.
Guy Roy da voz también a los jugadores violentos, en este caso a Denis Groulx, un camorrista de los años 70. Las razones aducidas por Groulx para justificar su carácter pendenciero ciertamente parecen pueriles y ridículas. Llega a afirmar que "si se pelea tanto es porque no es malo" (sic, página 51), que "no puede controlarse", que "le gusta aplicar correctivos a los jugadores que le parecen babosos" (sic). Nos preguntamos las razones de Roy para incluir el testimonio de Groulx; parece que había otros intereses más oscuros que fomentaban la violencia que la supuesta "debilidad psicológica" de maltratadores como Groulx. Es probable que los verdaderos alentadores de la violencia en el hockey no quisieran salir en el libro de Roy. La carrera de Groulx estuvo plagada de lesiones, entre ellas una fractura de mandíbula, y fue corta y gris. Hoy en día nadie recuerda a este jugador.
Otro caso interesante es el de Gilles Boivert, quien se queja de que "la violencia del público te pone mucho más nervioso que la de los jugadores" (página 75). Boivert tenía una carrera prometedora en el hockey profesional. Ya era una estrella en la liga júnior de Québec, cuando con 20 años decidió abandonar el hockey. Estaba cansado de ver cómo el público jaleaba a los jugadores para que se peleasen y además sabía que pronto lo iban a lesionar (era un gran goleador).
La parte central del libro refleja las opiniones de jugadores y entrenadores de la ligas juvenil y profesional así como de periodistas (ni dirigentes de la NHL ni árbitros aparecen en el libro.). La mayor parte de los entrenadores se muestran en contra de las peleas sangrientas; unos cuantos se muestran a favor de las "peleas limpias" y en contra de los golpes sucios, y otro grupo está a favor de las "buenas cargas contra las vallas" y de las peleas (siempre que no haya sangre ni heridos graves). La mayor parte de los periodistas está a favor de la violencia, a veces esgrimiendo argumentos delirantes: "erradicar la violencia del hockey le quitaría interés", "antes había más violencia", "el asunto de la violencia en el hockey se ha exagerado", "la violencia es parte del juego del hockey", "no es violencia, es el calor de la acción". Sin embargo, en el grupo de los jugadores la mayoría no era tan clara. Muchos jugadores se muestran hartos de la violencia en el juego, aunque a su pesar lo ven como una parte inherente en la NHL. Dos entrenadores, Marcel Pronovost y Roger Bedard (páginas 105 y 121), con gran lucidez, apuntan claramente a los árbitros, y detrás de ellos, a la NHL. Pronovost llega a preguntarse si "los árbitros están realmente preparados para aplicar el reglamento en vista de la actual situación".
En las dos partes finales del libro, Roy, con ayuda de un equipo de psicólogos, presenta un análisis psicológico y social de la violencia. Identifica dos circuitos dentro del hockey: el circuito de aprendizaje, que comprende de los 5 a los 13 años, y el circuito competitivo, que empieza a los 14 años y sigue hasta la completa profesionalización. Roy y el equipo de psicólogos denuncian la extrema transformación del circuito de aprendizaje, donde los niños deberían divertirse antes que nada, en un centro de reclutamiento de jugadores para el circuito competitivo. La principal culpable de esta situación es, de nuevo, como ya apuntara Vaz, la cultura de ganar a toda costa. Incluso en el circuito de aprendizaje a los niños se le inculca la obsesión por ganar, lo que a la larga supone el aumento de la agresividad y en última instancia la asimilación de la violencia. Es muy significativa la cifra de abandono de jugadores cuando llegan a los 13 años; ha habido años en los que dicha cifra ha oscilado entre el 80% y el 90%.
Lo que aporta el libro de Roy con respecto al de Vaz es que identifica la responsabilidad de los clubes y la NHL así como la de la publicidad. Sobre esta última en las páginas 230-231 leemos que la publicidad favorece la violencia en el hockey:
- convirtiendo a héroes a ciertos jugadores violentos, y a veces eso significa conferir un status y un prestigio a jugadores sin talento;
- mostrando que la violencia puede convertirse en una estrategia para ganar partidos;
- explotando la violencia para vender un producto;
- habituando al público a una violencia siempre más grande y necesariamente más cruel.
De nuevo, curiosamente, los árbitros aparecen exculpados, aparecen como meros testigos; Roy llega a afirmar que su papel en la cultura de la violencia es mínimo. Quizás tenga razón en el caso canadiense, en el que el sistema de árbitros estaba íntimamente ligado a la NHL.
El problema de la violencia en el hockey persiste en nuestros días, sobre todo en los niveles profesionales; basta ver cualquier partido de la NHL. Algunas cosas, no obstante, han mejorado. Ahora en las ligas infantiles en Canadá oficialmente no se permite el contacto hasta los 15 años, aunque a partir de los 12 ya se puede ver juego agresivo. A partir de los 15 años los jugadores o bien siguen practicando hockey en las ligas amateur o bien se van a equipos en los que se profesionalizarán y donde, evidentemente, hay violencia.
El informe Nanaimo [Ass03] se basó en dos informes previos, el informe McMurtry [McM74], encargado por el gobierno de Ontario en 1974, y el informe Pascall [Pas00], encargado por el gobierno de British Columbia en 2000. En el primer informe leemos una lista de las causas de la violencia en el hockey, que reproducimos aquí por completitud:
El informe Pascall, escrito 18 años después, detecta las mismas causas de la violencia, aunque da más importancia a tres factores: la actitud agresiva de los padres, los entrenadores que fomentan la violencia y los modelos negativos de la NHL. Por ejemplo, en la página 18 discute esa manida frase de "la violencia es parte del juego del hockey":
"... este condicionamiento social de "la violencia es parte del juego del hockey", lamentablemente, es algo típico del hockey. La mayor parte del tiempo, particularmente en el deporte del hockey, la agresión y la violencia es un comportamiento aprendido -cultivado y alimentado por muchas influencias, no siendo la menor de ellas los modelos que los jóvenes absorben-: padres, entrenadores y jugadores profesionales ".
Para eliminar cualquier juego de palabras malintencionado, en la página 11 Pascall define con precisión qué es la violencia:
A todos los efectos, pues, la violencia se definirá como sigue: violencia en el deporte es cualquier tipo de acto destinado a causar daño físico y que tiene la intención de intimidar o causar dolor físico o lesiones.
En la página 42, el informe Pascall aboga por la total eliminación de las peleas en el hockey, el reforzamiento del reglamento para prohibir los actos peligrosos, y el establecimiento de programas dirigidos a entrenadores, jugadores y padres para desinstitucionalizar la actual cultura de la violencia. Nos llama la atención que, de nuevo, se olviden de los árbitros.
El informe Nanaimo recoge las bases teóricas de los dos informes mencionados más arriba. A partir de ellos, propone más acciones destinadas a erradicar la violencia. Las conductas que se propone combatir el informe son: las peleas durante el partido, las jugadas peligrosas con el palo, las cargas desde atrás, las cargas contra las vallas, las peleas después del partido, las faltas de respeto hacia los árbitros. La Nanaimo Minor Hockey League Association (NMHA) impuso un código de tolerancia cero hacia la cultura de la violencia. Cualquier niño que quisiese inscribirse en su liga debería antes traer firmado un código por el niño mismo, por su entrenador y por los padres. Ese código reza:
Jugadores:
Padres (espectadores):
Entrenadores:
Este código se acompaña de una serie de medidas disciplinarias que, en el peor de los casos, incluyen expulsiones. La NMHA se tomó en serio el problema de la violencia y es un ejemplo que nos podría servir de inspiración.
Las causas que se suelen alegar para "justificar" la violencia nunca son sutiles, pero pueden ir de lo grotesco a lo paradójico. Hemos confeccionado una lista con las principales:
Por último, querríamos subrayar que en muchas intervenciones citadas arriba al hablar de violencia se refieren a las peleas. Las cargas brutales contra las vallas, los tajos con el palo y demás juego sucio con el palo se acepta en la mayor parte de los casos. Para nosotros es también violencia. Consideramos violencia cualquier acto de intimidación física, verbal o psicológica hacia un jugador, cualquier acto que suponga un daño físico o psicológico.
En las páginas 38 a 42 del informe Pascal [Pas00]se habla con profundidad y exactitud del gran perjuicio que suponen las cargas contra las vallas. Nuestra opinión respecto a las cargas, aparte de su violencia reprobable, es que resta una gran agilidad al juego. Hemos visto un gran número de partidos de la NHL durante la temporada 2008/2009 y cuanto mayor era el número de cargas más aburrido era el partido. Las cargas contra la valla cortan el juego y no dejan a los jugadores mostrar su habilidad técnica.