altNo sé si por una casualidad de la vida, o por una irónica jugarreta suya precisamente, el caso es que a los dos días de publicar la bitácora Organización arbitral: una contradicción en los términos (y seguir vivo), recibí una invitación para arbitrar un partido del torneo que tan diligentemente ha organizado el club de Las Rozas el pasado fin de semana (13-14 de febrero de 2010). Tengo el título de entrenador autonómico, lo cual implica un cierto conocimiento del reglamento, pero este año no he podido hacer el curso de árbitros. El sábado repasé el reglamento aplicadamente, como correspondía a la ocasión.

Bien mirado el reglamento permite al árbitro un control absoluto del partido. Son más de 50 páginas en que se definen muy escrupulosamente la pista y sus elementos, los equipos y su composición, la equipación, y especialmente las penalizaciones a jugadores y los abusos a los árbitros. Si los partidos se jugaran con arreglo a las normas que dicta el reglamento, veríamos partidos de muy distinto carácter; probablemente el verdadero talento no se ahogaría entre golpes. Un detalle insignificante: una regla estipula que si un jugador golpea la valla con el palo, recibirá una penalización de 2 minutos. Estoy harto de ver jugadores que fallan un tiro y la emprenden a golpes con la valla o la portería. Pero ¿qué comportamiento es ése? Sin embargo, solo en una ocasión he visto a un árbitro expulsar por ese comportamiento. Otra norma que muy pocos árbitros aplican: solo los capitanes tienen el privilegio de dirigirse al árbitro. Esta norma no está puesta por clasismo, sino para centralizar la comunicación con el árbitro. Evita también las protestas en tromba sobre el árbitro. Y desde luego, está la inefable norma que permite al árbitro echar a un jugador o entrenador que se dirija a él con malos modos. “¡Árbitro, que te pongas a vender cupones!” –escuché a un jugador espetar con lindeza al árbitro-. Falta de respeto al árbitro y a los vendedores de cupones. No sé por qué no lo expulsó; puso cara de compungido y continuó muerto de rabia.

Arbitré el partido de Espanya HC contra Las Rozas (categoría infantil). Carlos, un jugador juvenil de Las Rozas, más conocido como Pinocchio, fue el segundo árbitro. Tengo que decir que fue un árbitro auxiliar excelente; demostró conocer el reglamento a fondo y sus decisiones fueron siempre equilibradas. Me sentí muy a gusto con él. Acordamos las directrices de nuestro arbitraje: no permitiríamos codos (había visto el partido del día anterior y hubo más de la cuenta), ni tajos ni enganchones con el palo; queríamos un juego limpio y tranquilo.

Arbitrar me pareció más difícil de lo que suponía. Tienes que tomar decisiones en muy poco tiempo. El hockey es un deporte extraordinariamente ágil y una jugada ocurre ante tus ojos ahora y unos instantes más tarde la pastilla está en la otra punta de la pista. Tienes que estar muy alerta y clasificar lo que ves dentro de los supuestos del reglamento a la velocidad del rayo. Otro dificultad, que ya preveía, es la de tener que juzgar las intenciones de los jugadores. Hay choques o golpes que son fortuitos; unos deben ser penalizados y otros, no. Los golpes intencionados siempre deben ser penalizados. Los jugadores del Espanya HC cometieron más faltas que los de Las Rozas, pero más que por malicia por su tremenda impulsividad. Lo cierto es que vimos un partido precioso entre los dos equipos.

Durante el partido me ocurrió algo que me dio la verdadera medida de lo que es el arbitraje. Tanto Pinocchio como yo pitábamos las faltas de igual a igual. En cierto momento, Pinocchio levantó la mano y pitó una falta. Yo no sabía qué falta se había cometido. Se acercó a mí.

-¿Has visto la zancadilla, no?

-No –contesté con sinceridad-. No la he visto, pero si tú la has visto, vale igualmente.

Sin embargo, yo estaba mirando con atención la jugada. ¿Qué pasó? El jugador implicado tenía la tendencia de levantar mucho el palo y había concentrado mi campo visual en su palo. No vi cómo zancadilleaba al otro jugador. Esto te enseña que ser árbitro no es fácil; es necesario acumular experiencia y prepararse para ello, física, perceptual y técnicamente. Ser árbitro no es tirar la pastilla en el saque neutral. Esta anécdota señala la importancia de un segundo árbitro, el cual no hay en la liga de Madrid.

Arbitrar ese partido me ha permitido confirmar lo que ya sabía por sentido común. Por ejemplo, es muy difícil ser un buen árbitro si no has sido jugador antes. Si no tienes el coraje moral de parar la violencia, nunca llegarás a ser un buen árbitro, ni siquiera árbitro en sentido estricto. Los árbitros son una parte importante del juego, pero están menospreciados. Debería recuperarse la dignidad de arbitrar así como la de ser arbitrado.

Arbitrar, como experiencia, me gustó mucho.

 

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