altEl relato de las aventuras de Bajura Morcón acabó con unas sencillas preguntas ante el emocionante tercer partido de desempate que se avecinaba: "¿Qué pasará en ese partido? Aún no se ha jugado. ¿Dejará Bajura Morcón jugar a sus chicas? ¿Podrá, una vez más, el afán de ganar a toda costa? ¿O reinará la justicia deportiva por una vez? Qué raro... Oigo unas risotadas lejanas..."

El lunes siguiente al partido Bajura Morcón se levantó tremendamente satisfecho de sí mismo. Una sonrisa indeleble lucía en su cara. Sin duda alguna, estaba consiguiendo sus resultados. Quedaba un único partido para subir a la liga de primera categoría y todas las circunstancias estaban de su lado: el reglamento, que le permitía alinear a los potentes jugadores de las categorías superiores; la actitud que había inculcado a macha martillo a sus chicas, a quienes aparentemente no les importaba no jugar si eso suponía ganar; el rigor que había infundido en todos los equipos que habían pasado por sus manos. Siguió sonriéndose y, como le pasaba últimamente, de la sonrisa pasaba a la risa, primero sorda, luego ya franca, y tras unos minutos -sí, en ocasiones Bajura Morcón no podía parar de reírse durante varios minutos-, unas carcajadas fragorosas, que resonaban por las calles angostas del barrio antiguo de Dos Quebrantos, unas carcajadas profundas, viscerales, aún más: telúricas e incluso cósmicas. Ese día incluso las lágrimas se le saltaron a Bajura Morcón. No quería parar de reír, estaba contento en ese estado. Se carcajeó hasta que le dolieron las costillas, hasta que el diafragma se le retorció. Se enjugó las lágrimas con su pañuelo, que tenía sus iniciales, BJ, bordadas primorosamente con letra caligráfica. Recobró la compostura, se atusó, se levantó del amplio tresillo en que estaba recostado y se fue hasta su despacho.

Bajura leyó el correo. Encontró que los dichosos Cenizos Resucitados habían protestado la alineación del partido alt (perdón, a veces la risa de Bajura Morcón se mete en los sitios más insospechados). Habían redactado un penoso escrito de protesta a causa de la inclusión de los jugadores de nacional en el partido previo. ¡Qué insolencia! ¿Cómo se permitían el lujo de semejante atrevimiento! Pero aquello no perturbaba a Bajura lo más mínimo. Sí, cierto es que en una reunión de la Federación se había decidido que no participasen los jugadores de nacional en las categorías inferiores, pero luego "felizmente" se levantó esa prohibición en una asamblea posterior. Así que estaba a cubierto respecto a las protestas. El comité que resolvía esas protestas fallaría a su favor. No hay nada de lo que preocuparse, se reconfortó Bajura.

No obstante, Bajura Morcón estaba irritado. Esa era una protesta nimia, pero suponía un cierto espíritu de rebeldía que a su vez lo soliviantaba profundamente. De algún modo debería dar una lección a estos Cenizos Resucitados. Mi especialidad siempre ha sido la guerra psicológica -se jactó secretamente Bajura Morcón-, algo haré, algo se me ocurrirá, pero no ahora; mis mejores ideas acuden en los momentos de despreocupación. Y Bajura fue a atender sus asuntos en Dos Quebrantos dejando pendiente esa cuestión; sabía que su cerebro maquinaría algo.

Bajura tuvo un día tranquilo. Recibió llamadas, contestó correos, despachó con sus colaboradores, estudió algunos informes; incluso fue capaz de sacar un par de horas para planificar la temporada siguiente. Fue un día harto productivo. Tras la cena, decidió que era hora de abordar el asunto de los Cenizos Resucitados. Una vez más se le dibujó una amplia sonrisa y se le afiló la mirada como un lince. Se relajó, disfrutó del silencio reinante y sopesó las opciones que se le ocurrían. Sabía del orgullo ridículo de los Cenizos Resucitados. Esa gente solo tiene orgullo, pues poco tienen que ganar -la sonrisa se le hizo más amplia si cabe. Enviaría un correo electrónico a Lindo Aterrado, el entrenador de los Cenizos, en que le propondría tres cosas, a elegir una de ellas: o bien jugarían el miércoles contra el equipo habitual de chicas, o bien jugarían el viernes con dos jugadores de nacional solo, o bien jugarían el domingo, a la hora estipulada, con todos los jugadores de nacional que él, Bajura Morcón, quisiera. Sintió una ola de satisfacción que le recorría el cuerpo. Se apostó consigo mismo a que la respuesta era jugar el domingo. Era lunes por la noche cuando envió el correo. ¿Cuánto tardaría Lindo Aterrado en contestar? Se fue al mueble-bar, abrió la amplia tapa y miró los preciados licores. Hoy ha sido un día espléndido -se dijo-, me merezco una recompensa. Y escogió un whiskey irlandés, elaborado a base de cebada, de triple destilación. Le encantaba su dulzura y suavidad. Estaba saboreando el preciado líquido, cuando oyó un aviso de correo entrante. Se fue hacia el ordenador. De pronto, se detuvo ante la veta del parque con forma de uno. Le sonrió con complicidad y siguió su camino hacia el ordenador. En efecto, Lindo Aterrado había rechazado los dos primeros días y querían jugar el domingo, aunque fuese con todos los jugadores de nacional. Bajura tuvo otro de sus ataques de alt ; bueno, iba a decir de risa, pero como veis ésta es omnipresente y hasta esta humilde crónica ha penetrado.


Al día siguiente, lo primero que hizo Bajura fue levantar el teléfono y llamar a un solador. Quería un nuevo parquet en su casa. En realidad, quería un nuevo entarimado en que las lamas fueran de maderas finas y nobles, de dos tonos, uno claro y otro oscuro, y que con grandes unos formasen un precioso mosaico. Ahora solo tenía una única veta en forma de uno. Y eso era ridículo para sus tamaños éxitos deportivos. Bajura quería unos grandes en su suelo. El solador tardó en entender lo que quería Bajura, pero sabía que era un personaje importante y no podía contradecirlo, solo contentarlo.

Llegó el día del ansiado partido. Bajura había preparado un equipo con unos cuantos jugadores de nacional, incluyendo al portero, rollizo y grueso y temible por su agresivo juego. Para, ejem, completar incluyó a una chica (el resto del equipo femenino ni siquiera fue a ver el partido) y a un jugador de infantil; el mismo Bajura decidió no perderse la fiesta y se calzó los patines. Los Cenizos Resucitados salieron con toda su energía a defender el partido. Empezaron marcando los Cenizos Resucitados, que celebraron el gol con alegría pero con cautela. Los jugadores del equipo de Dos Quebrantos se miraron indiferentes entre sí; sabían cuál sería el resultado final. Salió la línea de los jugadores de élite, la de esos jugadores capaces de llevar la pastilla totalmente protegida, sin mirarla en circunstancia alguna, solo atentos a leer el partido y fueron penetrando las líneas de los Cenizos, que aunque prietas no podían parar la velocidad y el cambio de ritmo de esos halcones. Lindo Aterrado, que era el portero de los Cenizos, estuvo alerta y rápido de reflejos. Pero cada vez era más difícil parar a estos jenízaros del hockey; pronto empataron el partido. De vez en cuando, alguno de los rápidos jugadores de los Cenizos sorprendía a los defensas de Dos Quebrantos, pero el portero se abalanza sobre ellos, esgrimiendo el palo como un acerado kiliç. No contento con eso el orondo y afelpado portero propinaba palazos cuando un jugador de los Cenizos intentaba marcar gol desde detrás de su portería. Tres sanciones le pitaron, la última con 10 minutos de penalización, aunque es evidente que hubo muchas más faltas. El árbitro hizo bien su labor, pero sencillamente no daba abasto. Inexorables, Dos Quebrantos fue marcando goles, uno tras otros, sin prisa, sin pausa, hasta que superaron a los Cenizos Resucitados. La diferencia de goles no fue grande; la humillación, sí.

Lindo Aterrado redactó una nueva protesta que elevó a la Federación. Se quedó en agua de borrajas, en susurros de impotencia que el viento alejó caprichosamente.

Aquel día llegó a su casa más satisfecho de sí mismo que nunca. Se repantingó en su sofá favorito y repasó mentalmente toda la temporada y en especial el partido de ese día. Bajura estaba sediento de vida y el hábito de la existencia le era más dulce que nunca. Sin que lo pudiese evitar le vino una ola de regocijo en forma de risa, como siempre primero sorda y después salvaje e indómita altDe nuevo está aquí su risa. Corre el rumor de que esa risa no solo se oía rebotando en las paredes de Dos Quebrantos, sino que tenía la capacidad de infiltrarse en las páginas web. Si yo fuese un Cenizo Resucitado, no sé si me atrevería a pinchar en estas risas que prorrumpen en esta humilde crónica. Si lo hiciesen, quizás los Cenizos podrían perder el año que viene otra vez...

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